La humanización de la Justicia

La humanización de la Justicia

Gabriela Boldó Prats

Vocal del ISMA-MHILP

No es habitual que a los estudiantes de Derecho se les hable de humanizar la justicia; han estudiado leyes, tienen una manera de pensar deductiva y por silogismo, donde el sufrimiento y los sentimientos parece que deben aparcarse, cuando básicamente tratarán del sufrimiento humano en diferentes áreas jurídicas, a partir de normas que nos hemos dado para convivir; pese a ello, estos estudiantes no han oído hablar de las soft skills o habilidades blandas.

 Hoy he tenido el placer de desayunar con un tweet de Paloma Abad a resultas de la entrevista en La Contra de La Vanguardia a Pascual Ortuño, magistrado de la Audiencia Provincial de Barcelona; el título de la entrevista era: “El juez debe ser humilde y saber escuchar”.

Qué título más bonito, cierto, eficaz y eficiente. Lo comparto desde hace años y lo he aplicado siempre. Lo suscribo y lo proclamo a los 4 vientos.

Yo he trabajado 15 años como juez sustituta de Barcelona y ahora trabajo como responsable de las actividades extracurriculares y las prácticas del Máster Universitario en Abogacía de la UPF. ¿Qué actividades extracurriculares introduzco? Técnicas de concentración y gestión del estrés, oratoria, seguridad en uno mismo… ¿Cómo imparto las clases? Haciendo que los estudiantes del Máster hagan de Juez y de Ministerio Fiscal. ¿Con qué finalidad? Para que se pongan en su lugar, entiendan el papel de cada uno y sean capaces de ponerse en el lugar del otro e incluso ver en cuál de ellos se sienten más cómodos.

A partir de dos frases de la entrevista empezaría una clase de Derecho:

¿Qué es lo esencial que deberían aprender los futuros jueces?

El respeto profundo de la persona que acude al tribunal.

¿Hace falta la asignatura de empatía?

Efectivamente.

Cualquier operador jurídico debería partir de estas dos premisas cuando desempeña su trabajo en el juzgado, como operador jurídico, independientemente del papel que le haya sido asignado, puesto que tiene delante suyo a un ser humano que le pide ayuda, ayuda jurídica. Ese ser humano está pasando una crisis y sufre. Si el profesional que tiene delante es incapaz de entender ese sufrimiento o problema, esa situación no se resolverá de manera eficaz ni eficiente. Habrá un consejo jurídico de manual, pero no un remedio para ese sufrimiento.

Si el ser humano que tiene delante suyo no se sintiera atrapado posiblemente no recurriría a un profesional porque sería capaz de gestionarlo por sí mismo, sería capaz de resolver la situación, podría llegar a acuerdos, sabría mediar y no precisaría de la ayuda de la Justicia.

Este ciudadano que sufre necesita un diagnóstico jurídico y para eso no hay que oírlo. Hay que escucharlo y comprenderlo. Hay que ponerse en su lugar y entender dónde radica el problema y qué soluciones ofrece el Derecho ante esa situación. Sin esta empatía y respeto profundo es imposible ayudar y, como operadores jurídicos, nuestra misión es ayudar.

Por eso hay que humanizar la justicia. Sin humanidad, aplicamos normas pero no resolvemos conflictos. La resolución de conflictos pasa por escuchar en conciencia, llegar a descubrir dónde radica el problema que ocasiona sufrimiento a ese ser humano.  No se puede ser buen asesor ni buscar soluciones al conflicto desde la idea del poder, del ego, ni de la superioridad. Hay que buscar los diferentes puntos de vista y buscar una solución real. Hay que bajar a la realidad, analizar las circunstancias que rodean esa situación, reconocer la dignidad del otro y sólo desde la escucha plena de ser humano a ser humano sabremos cuál es el problema real.

El primer paso para resolver el problema es entender las circunstancias personales que lo rodean, que asépticamente “regula y resuelve la norma” . Individualizar el hecho según la realidad social que lo envuelve, como dice el CC. Sólo a partir de ahí es posible encontrar soluciones. El juez no puede transmitir sólo poder. Es también un servidor público y es en esta vocación de servicio público y respeto al tercero el modo más ecológico emocionalmente que tiene para cumplir con eficacia y eficiencia las tareas que tiene encomendadas.

Sólo cuando ve al ciudadano como a un ser humano que atraviesa un conflicto pueden abrirse los caminos de la solución al conflicto.

Lawyer Well-Being Week: juntos podemos sacar lo mejor de la profesión legal

Lawyer Well-Being Week: juntos podemos sacar lo mejor de la profesión legal

El National Task Force on Lawyer Well-Being, colaborador oficial del Instituto de Salud Mental de la Abogacía – Mental Health Institute of Legal Professions (ISMA-MHILP), celebrará la Semana del Bienestar de la Abogacía (Lawyer Well-Being Week) del 4 al 8 de mayo de 2020.

El bienestar es una responsabilidad de todas la instituciones. Cuando nuestras culturas profesionales y organizativas apoyan nuestro bienestar, estamos mejor capacitados para tomar buenas decisiones que nos permitan prosperar y ser lo mejor para nuestros clientes, colegas y organizaciones. Depende de todos nosotros cultivar nuevas normas y culturas profesionales que permitan y fomenten el bienestar. Haced vuestra parte y ayudad a correr la voz.

Para alinearse con el Mes de la Concienciación de la Salud Mental (Mental Health Awareness Month) en mayo, el grupo de expertos de EE.UU. ha fijado la Semana del Bienestar de la Abogacía a principios de dicho mes.

El objetivo de la Semana del Bienestar es concienciar y fomentar la acción en toda la profesión para mejorar el bienestar de los/as abogados/as y sus equipos de apoyo.

¿Tenéis pensado hacer alguna actividad durante esa semana? ¡Nos gustaría conocerla y difundirla por redes con el hashtag #LawyerWellbeingWeek !

Las profesiones legales y salud mental: ¿Resistencia a solicitar asistencia psicológica?

Las profesiones legales y salud mental: ¿Resistencia a solicitar asistencia psicológica?

Miguel Fernández Galán

Investigador del ISMA-MHILP

En el pasado artículo, abordamos la cuestión relativa a la susceptibilidad de los profesionales del derecho a sufrir a nivel psicológico del contacto directo e intenso con los problemas de sus clientes, malestar comparable al experimentado por parte de aquellos sectores tradicionalmente asociados a la atención, ayuda o asesoramiento directo a personas que sufren problemas de diversa índole, tales como médicos, enfermeros o bomberos, entre otros. Nos centramos en la posibilidad de sufrir de desgaste por empatía o trauma vicario, entendida en palabras de Figley (1995, citado en Acinas, 2012) como: “el residuo emocional resultante de la exposición al trabajo con aquellos que sufren las consecuencias de eventos traumáticos”. Asimismo, señalamos que es una problemática perfectamente prevenible y/o tratable en manos de un psicólogo sanitario especializado.

Esta es la cuestión que nos ocupa hoy. ¿Por qué nos resulta tan difícil acudir al psicólogo cuando lo necesitamos? ¿Qué motivos nos impiden solicitar la ayuda especializada de un profesional de la salud mental en el caso de que no sepamos cómo lidiar con nuestros síntomas?

Existen multitud de factores que influyen a la hora de no acudir a un psicólogo, incluyendo miedos, prejuicios, dificultades económicas o falta de tiempo. No obstante, más allá de aquellas variables que habitualmente tienen su peso a la hora de decidirnos respecto a la necesidad de acudir a una ayuda especializada, atenderemos a dos posibles modelos explicativos de los trastornos mentales que permean en nuestra cultura y sociedad, siendo estos el biomédico y el psicosocial, los cuales nos predisponen a percibir de forma necesaria o innecesaria la posibilidad de acudir a un psicólogo sanitario con el objetivo de poner un remedio a nuestro malestar psicológico. Con el fin de ejemplificar con la mayor claridad posible el alcance de estos, tomaremos a la depresión como posible trastorno mental sobre el cual ambos modelos ofrecen explicaciones teóricas respecto a su etiología que pueden llegar a bloquear o predisponer respectivamente la búsqueda de asistencia psicológica. Asimismo, expondremos los resultados de un reciente estudio dirigido por los autores Zimmermann y Papa orientado a investigar el impacto de dichos modelos en el paciente con depresión.

El modelo biomédico comprende la depresión como una disfunción cerebral atribuida a un desbalance químico influido por una dotación genética predeterminada. Por tanto, entender la depresión como un trastorno explicable desde este modelo conlleva una causalidad organicista que resulta ser interna, estable e incontrolable (Zimmermann y Papa, 2019).

En pleno contraste, el modelo psicosocial enfatiza en mayor medida la relevancia de factores como patrones de pensamiento aprendidos, contingencias ambientales y la interacción entre dichas variables (persona y entorno) como agentes causales de la depresión. Desde este marco, se entiende la depresión como un trastorno más externo, variable y controlable (Zimmermann y Papa, 2019).

Basándose en los resultados obtenidos en base a investigaciones previas relativas a la cuestión previamente expuesta, los autores Zimmermann y Papa (2019) realizaron un estudio con el objetivo de examinar el impacto que las explicaciones biomédicas o psicosociales de la depresión podrían tener en adultos con depresión que no buscaban tratamiento acerca de sus percepciones sobre la efectividad de dicho tratamiento (ya sea farmacológico o psicoterapéutico), el grado de pesimismo pronosticado y de estigma personal. Sus resultados revelaron que aquellos participantes que se hallaron expuestos a una explicación biomédica de su trastorno mostraron un incremento en dicho estigma y pesimismo pronosticado, así como un aumento en la credibilidad del tratamiento farmacológico pero no del psicoterapéutico (Zimmermann y Papa, 2019). Por otra parte, los participantes que recibieron una explicación psicosocial enfocada en destacar los factores cognitivos y ambientales en la etiología de la depresión mostraron una reducción en la estabilidad percibida del trastorno que fue asociada a un decremento en el grado de pesimismo pronosticado (Zimmermann y Papa, 2019).

Partiendo de lo expuesto hasta ahora, podemos llegar a la siguiente conclusión: la psicología es una ciencia joven y, hoy en día, la aproximación predominante en la población ante la presencia de problemas de salud, ya sean físicos o mentales, se encuentra auspiciada por el modelo biomédico, el cual puede presentar ciertas ventajas respecto a la percepción del paciente en cuanto al tratamiento de problemas puramente orgánicos. No obstante, en lo relativo a la casuística mental, el asunto resulta ser aún más complejo, por lo que las mismas explicaciones biomédicas en colación a problemas de salud cotidianos no necesariamente resultan aplicables a dificultades relativas al bienestar psicológico del individuo, provocando más perjuicio que beneficio en la resolución de problemáticas mentales al generar en la persona que sufre una atribución de su malestar como interno, estable e incontrolable, tan sólo atenuable por medio de sustancias (lícitas o no), dejando al individuo fuera de la ecuación de su propia salud mental.

Sin ánimo de menoscabar a la aproximación médica al tratamiento de los trastornos mentales (puesto que la Psiquiatría y la Psicología Clínica son disciplinas plenamente complementarias y se enriquecen mutuamente en gran medida respecto a dicha cuestión) y partiendo de la posibilidad de contraer un trauma vicario por parte del jurista en el ejercicio de su profesión en base al contacto intenso y continuado con el sufrimiento de sus clientes, entendemos que dicho malestar psicológico se basa en una causa externa, controlable y variable cuya solución radica en las manos del profesional que lo sufre, resultando este un agente activo y no pasivo de su recuperación y bienestar psicológico desde el modelo psicosocial.

Basándonos en los resultados de la investigación expuesta con anterioridad, la explicación que le demos al origen de nuestro sufrimiento mental influye en la percepción de nuestro papel respecto a este, la búsqueda de tratamiento y, en última medida, su posibilidad de resolución.

La Psicología Clínica actual ha demostrado extensamente por medio de investigaciones, revisiones sistemáticas y metaanálisis que los factores cognitivos y ambientales sí juegan un papel activo en la resolución de nuestros malestares de índole psicológico, ofreciéndonos la esperanza y la oportunidad de poner fin a nuestro sufrimiento por nosotros mismos, posibilitándonos confiar en la asistencia de un especialista en Psicología Sanitaria en el caso de que lo consideremos necesario y entender nuestro malestar como originado por causas externas, variables y controlables y, por tanto, susceptibles de resolución por nuestra parte.

Referencias

  • Acinas, M.P. (2012). Burn-out y desgaste por empatía en profesionales de cuidados paliativos. Revista digital de Medicina Psicosomática y Psicoterapia, 2 (4), 1-22.
  • Zimmermann, M. & Papa, A. (2019). Causal explanations of depression and treatment credibility in adults with untreated depression: Examining attribution theory. Psychology and Psychotherapy: Theory, Research and Practice.
The Junior Lawyers Division of The Law Society of England and Wales: Encuesta de Resiliencia y Bienestar 2019

The Junior Lawyers Division of The Law Society of England and Wales: Encuesta de Resiliencia y Bienestar 2019

Kayleigh Leonie

Trustee of LawCare

Member of ISMA-MHILP Advisory Board

Nota: El artículo original «The Junior Lawyers Division of The Law Society of England and Wales: Resilience and Wellbeing Survey 2019» fue publicado en el I Estudio sobre la Salud y el Bienestar de la Abogacía Española, una iniciativa conjunta del ISMA-MHILP y Lefebvre. La autora de dicha contribución es Kayleigh Leonie y la traducción ha sido realizada por el ISMA-MHILP. 

Durante los últimos tres años, la Junior Lawyers Division of the Law Society of England and Wales ha estado realizando investigaciones sobre los niveles de estrés y la mala salud mental que experimentan los abogados júniors en la profesión legal.

A los efectos de la investigación, un «abogado junior» incluye a los estudiantes que trabajan como paralegals y que han realizado su curso de práctica jurídica, a los abogados en formación y a los abogados con hasta 5 años de experiencia después de haber realizado dicho curso. El número de encuestados ha aumentado año tras año desde las 214 respuestas de la primera encuesta, 959 de la segunda encuesta y 1.803 de la encuesta más reciente. La encuesta permanece abierta de enero a marzo de cada año y se publica a través de los canales de medios sociales de la JLD y por correo electrónico a sus 70.000 miembros. Los resultados de las encuestas de resiliencia y bienestar de la JLD han recibido la cobertura de la prensa jurídica en Inglaterra y Gales, cuyos resultados se citan regularmente en artículos sobre los temas del estrés y la salud mental.

En cuanto al tipo de abogados júnior que respondieron a la encuesta de 2019, la mayoría son abogados cualificados (62,1%), en ejercicio privado (91,7%), en la City de Londres (26,3%). Curiosamente, casi tres cuartas partes de los encuestados (73,7%) eran mujeres. La mayoría de los encuestados (71,4%) tenían entre 26 y 35 años de edad, lo que coincide con la edad media de los abogados que pueden acceder a la profesión, que es de 29 años. Poco más del 30% de los encuestados trabajaron con clientes vulnerables como parte de sus funciones (vulnerables por razones de edad, de salud mental o física, como resultado de estar bajo custodia, por falta de capacidad, por experiencia traumática o que son vulnerables por cualquier otra razón).

Los resultados: estrés negativo

El número de abogados júnior que se sintieron incapaces de hacer frente a la tensión en el mes previo a la encuesta se mantuvo constante: 19,1% en la encuesta de 2019, frente a 20,4% en la de 2018. Curiosamente, una proporción más alta de abogados que trabajan en pequeñas firmas informaron que regularmente se sienten incapaces de hacer frente a la situación (28,8%) en comparación con los que trabajan en los grandes bufetes (más de 26 socios) (16,7%). Una proporción más alta de abogados júnior que trabajan con clientes vulnerables reportaron sentirse «regularmente» incapaces de hacer frente a la situación (22.9%) en comparación con aquellos que no trabajan para este grupo de clientes (17.3%).

Sólo el 6,5% de los abogados júnior dijeron que no se habían sentido estresados como resultado de su trabajo durante el mes anterior a la encuesta. Poco más del 74% de los abogados júnior experimentan regularmente u ocasionalmente estrés como resultado de su trabajo. Más del 50% de los abogados júnior reportaron sentirse moderadamente estresados, con un poco menos de un cuarto sintiéndose severamente o extremadamente estresados. Las causas de estrés mencionadas con más frecuencia fueron la gran carga de trabajo, las demandas y expectativas de los clientes, la falta de apoyo y la gestión ineficaz. Otros factores incluían una serie de cuestiones relacionadas con las personas (como las actitudes y comportamientos de colegas y supervisores, la falta de supervisión y la falta de retroalimentación) y cuestiones relacionadas con el trabajo (como una cultura de oficina deficiente, largas jornadas de trabajo y falta de formación).

Como resultado de los niveles de estrés experimentados por los abogados júnior, más del 65% reportó haber experimentado trastornos en el sueño, casi el 60% reportó haber tenido un efecto negativo en su salud mental (ansiedad, trastornos emocionales, fatiga, pensamientos negativos y deprimidos, autolesiones) y casi el 35% había experimentado problemas con la vida familiar o las relaciones como resultado de ello. Con el fin de gestionar o reducir el estrés experimentado por los abogados júnior, los mecanismos citados con más frecuencia fueron el ejercicio (aunque muchos se quejaron de estar demasiado agotados para hacerlo), la meditación y mindfulness, y la incorporación de técnicas para gestionar su carga de trabajo, por ejemplo, desglosar las tareas, crear listas de tareas pendientes, retrasar los plazos de entrega y ser realistas en cuanto a lo que se puede lograr. Más del 77% de los abogados júnior piensan que su empleador podría estar haciendo más para proporcionar ayuda, apoyo y orientación a sus empleados en relación con el estrés en el trabajo.

Los resultados: mala salud mental

El número de abogados júnior que experimentan problemas de salud mental (hayan sido diagnosticados formalmente o no) en el mes anterior a la encuesta aumentó considerablemente, del 38,5% reportado en la encuesta de 2017 al 48% en la de 2019 (un aumento del 26%). Más de la mitad (53%) de los que trabajan con clientes vulnerables informaron haber experimentado problemas de salud mental, en comparación con el 46% de los que no trabajan con este grupo de clientes. Menos del 20% de los abogados que padecen problemas de salud mental han informado a su empleador.

Cerca de tres cuartas partes de las personas que experimentan problemas de salud mental informaron de trastornos del sueño como resultado de su mala salud mental y casi el 60% informó de que esto tenía un impacto negativo en su salud física (sensación de malestar físico, dolores en el pecho). Varios de los encuestados también mencionaron haber experimentado ataques de pánico, cefaleas tensionales, pensamientos repetitivos de ansiedad y pesadillas recurrentes. Tales experiencias llevaron a los abogados júnior a renunciar y buscar ayuda médica, incluyendo la toma de medicamentos recetados para la depresión/ansiedad. Más del 87% de los abogados noveles dijeron que su empleador podría hacer más para proporcionar ayuda, apoyo y orientación en relación con la salud mental en el trabajo. Alrededor de tres quintos de abogados junior (62%) conocían las organizaciones que estaban allí para ayudar si querían hablar sobre el estrés en el trabajo o cualquier otro problema de salud mental. Soy miembro del Patronato de LawCare, una organización sin ánimo de lucro que promueve y apoya la buena salud mental y el bienestar en la comunidad jurídica mediante la creación de una línea confidencial de asesoramiento gratuito para los profesionales del derecho y sus familias, y un sitio web lleno de recursos y hojas informativas.

Próximos pasos

La JLD sigue utilizando los resultados de las encuestas para aumentar la conciencia de los altos niveles de estrés y salud mental que experimenta la profesión jurídica y espera que esto ayude a romper el estigma asociado con estos temas. Este año la encuesta contenía dos preguntas abiertas relacionadas con lo que más empleadores pueden estar haciendo para apoyar a sus empleados que están experimentando estrés y mala salud mental como resultado de su trabajo. Las respuestas a estas preguntas abiertas contribuirán a la revisión por parte de JLD de su guía de mejores prácticas para apoyar el bienestar de los empleados en el lugar de trabajo, que se publicará a finales de este año.

 

Cuando la empatía nos hiere: traumatización vicaria en la abogacía

Cuando la empatía nos hiere: traumatización vicaria en la abogacía

Miguel Fernández Galán

Investigador del ISMA-MHILP

Resulta habitual considerar que aquellas profesiones especializadas en la atención, ayuda o asesoramiento directo a personas que sufren problemas de diversa índole suelen conllevar un gasto emocional y personal considerable, esfuerzo psicológico que no pasa desapercibido por quien brinda la ayuda. Ejemplos clásicos que se nos pueden venir a la mente de profesiones susceptibles de sufrir dicho desgaste son las enfermeras, médicos, trabajadores sociales, psicoterapeutas, policías, bomberos…

Sin embargo, no debemos olvidar que existe un colectivo igualmente susceptible de sufrir tanto o más el contacto directo e intenso con los problemas de sus clientes: los abogados, especialmente aquellos dedicados al servicio legal relativo al derecho penal y familiar.

Dicho desgaste persistente en el tiempo se acaba manifestando en el trastorno denominado trauma vicario, también conocido como desgaste por empatía, fatiga por compasión o estrés traumático secundario. En palabras de Figley (1995, citado en Acinas, 2012): “es la consecuencia natural, predecible, tratable y prevenible de trabajar con personas que sufren; es el residuo emocional resultante de la exposición al trabajo con aquellos que sufren las consecuencias de eventos traumáticos”.

El trabajo de un profesional del derecho no radica exclusivamente en asesorar a sus clientes en el aspecto legal. El contacto directo con los traumas de sus clientes expresados tanto en problemas legales como dentro de la relación con el jurista implica la posibilidad a largo plazo de desarrollar este trastorno caracterizado por tres grupos de síntomas (Acinas, 2012):

  • Reexperimentación: pensamientos intrusivos relacionados con las circunstancias traumáticas del cliente, así como sentimientos de falta de capacidad para asistirlo profesionalmente.
  • Evitación y embotamiento mental: evasión de todo aquello relacionado con la problemática del usuario tanto dentro como fuera del trabajo, así como falta acusada y crónica de energía y concentración.
  • Hiperactivación: aumento de la frustración, la ansiedad y la impulsividad.

La consecuencia directa más preeminente de este trastorno es fácilmente perceptible y puede variar entre dos polos: la sobreimplicación e identificación con la problemática del cliente, llevándose a un terreno personal las experiencias traumáticas de este y su posible resolución, o por el contrario la frialdad emocional, desinterés o falta de compromiso con el conflicto legal a resolver (Fischman, 2008). Ambas posibilidades son igualmente perniciosas no sólo para el bienestar psicológico del abogado en cuestión, si no también respecto a la calidad del servicio brindado, augurando un muy posible fracaso en el resultado final. Por otro lado, la presencia de un trauma vicario desatendido puede recaer en estrategias de afrontamiento inadecuadas, como el alcoholismo o la automedicación.

Podemos entender, por tanto, que la posibilidad de contraer este trauma vicario no es asunto baladí. No obstante, tradicionalmente esta secuela del trabajo continuado con personas que sufren no ha sido observada ni estudiada en el sector legal hasta hace muy poco en el mundo anglosajón (Levin y Greisberg, 2003), siendo prácticamente inexistente su consideración hasta la fecha en el paradigma del derecho español.

Un ejemplo de investigación científica respecto al tópico en cuestión nos lo ofrecen los investigadores Levin y Greisberg (2003), quienes realizaron una encuesta con el objetivo de cuantificar el grado de trauma vicario y de burn-out (síndrome de estar quemado) a tres colectivos conformados por proveedores de salud mental, trabajadores sociales y abogados especializados en el trabajo con víctimas de violencia doméstica y acusados criminales. Los resultados mostraron que los juristas encuestados sufrían de niveles significativamente mayores de estrés traumático secundario y burn-out en comparación con los profesionales de los otros dos colectivos, debiéndose esto principalmente a la mayor carga de trabajo con clientes traumatizados y por tanto a la intensidad de la exposición a traumas ajenos. A este efecto principal se le añadía la ausencia de supervisión respecto al afrontamiento de dicha problemática.

Cabe aclarar que no necesariamente todo abogado expuesto a las situaciones traumáticas de sus clientes sufrirá de este mal (Acinas, 2012). Respecto a la posibilidad de contraerlo influyen numerosas variables tales como la carga de trabajo, historia traumática previa, variables de personalidad (niveles altos de empatía, autoexigencia, altruismo e idealismo), trabajo con conflictos relativos a niños, el esquema cognitivo y de valores del profesional… (Acinas, 2012).

Atendiendo a la prevención del trauma vicario, autores como Kerney y Benito & cols. (2009 y 2010, citados en Acinas 2012) proponen las siguientes medidas:

  • “Carga de trabajo sostenible.
  • Formación en habilidades de comunicación.
  • Actividades de formación continuada.
  • Reconocimiento y recompensas adecuadas.
  • Meditación. Retiros especializados.
  • Escritura reflexiva.
  • Supervisión y tutela.
  • Desarrollo de habilidades de autoconciencia.
  • Práctica de actividades de autocuidado.
  • Uso de rituales.
  • Programas de reducción de estrés basados en Mindfulness.
  • Intervención en equipo basada en potenciar el sentido del trabajo.
  • Talleres específicos de autocuidado.”

En caso de que no fueran medidas suficientes, siempre se puede recurrir a los servicios de un psicólogo sanitario especializado en el tratamiento del desgaste por empatía, quien dirigirá sus esfuerzos a la detección de eventos que puedan disparar respuestas de estrés traumático secundario, enseñar técnicas de regulación de la activación y de afrontamiento a nivel interno y externo y en definitiva fomentar la resiliencia ante la exposición a eventos traumáticos ajenos propios del trabajo de un jurista.

Podemos concluir que los profesionales del sector legal no están exentos de sufrir secuelas ante el contacto directo y constante con aquellos que sufren. La profesión del abogado es eminentemente humanista (1) y este debe estar prevenido y preparado ante las posibles consecuencias de brindar un servicio de calidad a sus clientes víctimas de experiencias traumáticas.

Al fin y al cabo, tal y como señaló el psiquiatra austríaco Viktor Frankl, autor de la logoterapia: “quien da luz debe soportar las quemaduras”. (2)

Notas a pies de página

  1. A colación de esta idea, recomiendo la lectura del artículo publicado en Actualidad Jurídica Aranzadi por el abogado Óscar Fernández León: “El abogado del siglo XXI o el abogado humanista”, disponible en http://www.legaltoday.com/gestion-del-despacho/estrategia/articulos/el-abogado-del-siglo-xxi-o-el-abogado-humanista
  2. Esta interesante máxima de Viktor Frankl la hallé citada en el artículo previamente referenciado de la psicóloga Mª Patricia Acinas

Bibliografía

  • P. Levin, A. y Greisberg, S. (2003). Vicarious trauma in Attorneys. Pace Law Review, 24 (11), 245-252.
  • Fischman, Y. (2008). Secondary trauma in the legal professions, a legal perspective. Torture, 18 (2), 107-115.
  • Acinas, M.P. (2012). Burn-out y desgaste por empatía en profesionales de cuidados paliativos. Revista digital de Medicina Psicosomática y Psicoterapia, 2 (4), 1-22.