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M.; Secretaria Jurídica

La psicóloga clínica Meg Jay explica en su libro y en su TED talk “La década decisiva” (“The Defining Decade”, en inglés) la importancia que tienen los veinte en la vida de una persona sin que muchos jóvenes sean conscientes de que están decidiendo su futuro. En mi caso, la crisis familiar que desembocó en una grave crisis personal me tocó en el Bachiller y en la Universidad afectando devastadoramente a mis estudios (no conseguí finalizar Filología Inglesa) y arrastrándome hacia una larga depresión mal curada que derivó en episodios autorreferenciales (me sentía espiada), los cuales terminaron en un brote psicótico con ingreso hospitalario.

En mi caso, descartaron la bipolaridad y la esquizofrenia (si lo tuviera, lo diría sin reparo), y aunque hago vida normal y los pensamientos autorreferenciales han desaparecido. Sigo teniendo que tomar Risperdal ya que en situaciones de estrés puedo tener una pequeña recaída. Ni en la universidad ni en las empresas en las que he trabajado me sentí aceptada por un grupo. Siento que no tengo habilidades sociales y que soy, por lo general, más sensible que la mayoría y me afectan más las cosas.

Lo que me preocupa actualmente es encontrar un empleo donde haya buen clima laboral y estabilidad, que no haya altos niveles de estrés para no acabar con un cuadro de ansiedad en urgencias. Eso es lo que me ocurrió en una ocasión trabajando como secretaria en un despacho internacional en Madrid donde había muy mal ambiente en el  equipo de secretariado (desconozco la experiencia de los abogados, pero me consta que los niveles de competitividad son enfermizos. No digo que cierto nivel no sea bueno, pero todo en su justa medida y sin perder de vista el código ético).

En dicho despacho, lejos de entender mi cese voluntario y el hecho de que estaba enferma (la enfermedad mental no se ve y además está mal vista) y que no podía volver a mi puesto de trabajo, dijeron que menos mal que me iba porque le había hecho mucho daño al departamento, echándome la culpa de todos los males habidos y por haber, incluso de cosas falsas o ajenas a mi voluntad. Pero mi evaluación un mes antes había sido “buena” (conservo el documento firmado por mi jefe principal y una carta de recomendación de otro jefe del equipo) y yo sabía cómo había hecho mi trabajo, por lo que les dije a la directora de RRHH y a la coordinadora de secretarias que no les iba a permitir que me hundieran. Fueron tan desagradables e injustas conmigo que estaba deseando irme de allí.

Obviamente, no todo fue negativo durante los 8 meses que estuve trabajando con ellos, pero lamenté que aquella experiencia hubiese resultado tan decepcionante porque realmente había muchas expectativas de aprendizaje al comienzo. Fue una pena que el ambiente estuviera tan viciado y que resultase imposible disfrutar del trabajo en un sitio así, cuando la verdad es que me encanta mi trabajo y considero que tengo cualidades para trabajar en equipo y potencial. De todos modos, de todo se aprende y en las épocas de crisis podemos desarrollar aún más nuestras fortalezas. Porque si algo nos hace más fuertes son precisamente los momentos por los que atravesamos alguna dificultad.

A pesar de los obstáculos, no he perdido las ganas de seguir luchando e intentar lograr cierta estabilidad laboral sin que eso sea incompatible con la salud y el bienestar, que al fin y al cabo es lo que todo el mundo anhela en estos tiempos de precariedad… Todos los años invierto parte de mi sueldo en seguir formándome, no para conseguir títulos, sino para aprender, y cuento con el apoyo de mi psicólogo y mi familia. También cuido la alimentación. Y cuando puedo voy al gimnasio a hacer pilates e intento buscar algún momento al día para relajarme y meditar. Recomiendo siempre a aquellos que aprecio y pasan por un mal momento dos libros: “La inutilidad del sufrimiento” de María Jesús Álava Reyes;  y “Ayudarse a sí mismo” de Lucien Auger.