La melodía del bienestar

La melodía del bienestar

Verónica Pedrón Pardo
Colaboradora del ISMA-MHILP

La vida sin música sería un error. ¡Qué razón tenía Friedrich Nietzsche al proclamar estas palabras al mundo!

Desde muy pequeñita supe que quería ser músico, quizá por las diversas melodías que a diario podemos escuchar en nuestra vida cotidiana, quizá por mi madre quien siempre cantaba y bailaba conmigo o quizá por los genes musicales de mis antepasados, aunque en aquel momento no conociese esa historia.

Lo cierto es que el motivo no importa, lo importante es cómo la música me ha ayudado y me ayuda a diario en mi bienestar personal, sobre todo en los momentos más complicados.

Todos sabemos, y los que no os lo podéis imaginar, que la vida del jurista o abogado no es fácil. Tener que lidiar con los problemas de otras personas, buscar soluciones, intentar que salga todo bien o, al menos, lo mejor posible son algunas de las acciones que cada día tenemos que llevar a cabo. Pero, ¿de qué manera puede ayudarnos la música a lidiar con nuestros estados de ánimo en este trabajo?

Pues bien, para poder explicarlo mejor nos introduciremos, como protagonistas, en la vida de un abogado que tenía la música como vía de escape a sus largos días de trabajo y estrés (coge tus auriculares que empezamos).

Suena el despertador, comienza un nuevo día, te levantas con energía y ganas de comerte el mundo. Conectas tu teléfono y pones la canción más motivadora que se te ocurra, mambo number 5 puede ser una buena opción. Sabes que el día puede llegar a ser muy duro pero, con toda la ilusión que tienes y esa melodía sonando de fondo, estás dispuesto a afrontar, con una sonrisa en la cara, todo lo que se presente.

Llegas al despacho donde te esperan montones de tareas por hacer diciendo welcome to the jungle. Pero no hay que desesperarse, el día acaba de empezar y nada puede desanimarte.

Te pones manos a la obra y comienzas a redactar un escrito, demanda, condiciones legales o cualquier otro documento que tengas pendiente. Te das cuenta de que es más denso y complicado de lo que pensabas y tu ánimo decae. Pasan minutos, horas y sigues delante del escrito avanzando de forma más lenta de lo esperado. Es entonces cuando te preocupas y agobias y en tu mente empiezan a surgir pensamientos negativos como “no voy a terminarlo nunca” pero te paras a pensarlo mejor e inmediatamente llega a tu cabeza una melodía: don´t worry be happy. Sonríes y tu ánimo empieza a cambiar mientras cantas la letra de principio a fin.

Miras el reloj, con el colapso del escrito has perdido demasiado tiempo y, aunque todavía queda algo de margen para llegar al juicio que tenías programado desde hace un año, sales a toda prisa del despacho para no llegar tarde. Tu mente está concentrada, has preparado al máximo el caso y te ves capacitado para triunfar. Y, mientras te diriges hacia los juzgados de turno, te repites a ti mismo una y otra vez: ¡voy a vencer! Como si fueras Pavarotti en plena interpretación del nessun dorma de Puccini.

Termina el juicio y, dependiendo del día, tus sensaciones pueden ser de varios tipos. Puedes salir del juzgado con sensaciones malas, sintiéndote triste y decepcionado porque crees que el trabajo realizado no ha servido para nada y que, lamentablemente, el juez fallará a favor de la parte contraria. Piensas en qué dirá tu cliente cuando le cuentes lo ocurrido y la presión empieza a aumentar.

O por el contrario, puedes salir con sensaciones buenas e irradiando felicidad. Has hecho un muy buen trabajo, has sabido plasmarlo en sala y has sobrevivido, cual Gloria Gaynor, a los ataques del contrario. Confías más en ti y te ves capaz de conseguir cualquier cosa que te propongas.

Llega la hora de comer, necesitas desconectar, tomarte un respiro y aprovechar, aunque sea unos minutos, para recuperar fuerzas y poder afrontar la tarde que queda por delante. Tienes dos visitas programadas y no podrás avanzar demasiado con el trabajo pendiente por lo que ahora más que nunca necesitas motivación. Buscas en tu lista de reproducción preferida la canción adecuada y sí, ahí está Eye Of The Tiger para poder levantarte y animarte a continuar esta batalla.

Llega el primer cliente, ha leído por internet que su caso es muy sencillo y tiene múltiples sugerencias que hacer y cómo no, también soluciones que tú debes ejecutar por él. Comienza a darte lecciones de derecho muy acertadas o al menos eso le ha dicho Google, mientras que tu frustración y enfado, por no dejarte ejercer tu profesión con independencia y bajo tu criterio personal, van en aumento. Intentas poner buena cara y le expones al cliente tus opiniones al respecto, al fin y al cabo eres tú el que ha estudiado derecho, aunque parece que no le interesa demasiado lo que tienes que contar. Consigues que la reunión termine de la manera más pacífica posible pero el mal sabor de boca tardará en irse. El “escándalo” de Raphael se queda corto con una situación como ésta.

Llega el segundo cliente, acudió hace unos meses a tu despacho en busca de ayuda y tienes buenas noticias para darle, has conseguido que la sentencia sea favorable y estás feliz de poder transmitirle tu éxito. Tu motivación está en un punto tan alto que quieres subirte a la mesa y bailar “Ante up” para celebrarlo .

Y por fín llega la hora de salir del despacho. Llegas a casa agotado, sin apetito, con ganas de meterte en la cama y que el día finalice pero tu cabeza sigue en el despacho, en los casos que tienes, en los escritos pendientes, en las tareas que al día siguiente debes terminar… y parece que será casi imposible conciliar el sueño esta noche. Pero, ¡no puedes permitirlo! ¡No puedes dejar que las circunstancias te anulen y bloqueen! Y, de igual forma que iniciaste el día, vuelves de nuevo a coger tu teléfono pero esta vez para buscar la canción más relajante posible, “el oboe de Gabriel”, y la dejas reproduciendo en bucle hasta que terminas envuelto en un profundo y placentero sueño.

Y como veis, hemos sobrevivido a un largo y duro día de trabajo como abogados. La música nos ha ayudado a calmar la ira, a aumentar nuestra motivación, a afianzar nuestra felicidad y a mitigar los estragos que la frustración y el enfado dejan a su paso. Quizá ésta pueda parecer tu historia o quizá no supieras hasta ahora que la música pudiese beneficiar tanto a una persona en su ámbito laboral.

En mi caso, la música me ayuda desde hace años a modular las emociones y cambios de humor que las circunstancias que nos rodean hacen aflorar. Y, aunque acudir a los juzgados no esté entre mis tareas, me ayuda a poder llevar de la mejor manera posible la montaña rusa de esta profesión tan estresante y a focalizar mis esfuerzos y conocimientos en aquello que realmente merece la pena.

Debemos tener siempre presente que nuestro trabajo, sea cual sea, no puede acabar con nosotros. No somos robots sino personas y como tal debemos tener momentos para descansar, para desconectar de todo, para vivir y para ser felices.

El escrito o demanda acabará por terminarse, tendremos mil y una reuniones, los éxitos y las derrotas estarán presentes a lo largo de nuestra vida y poco a poco aprenderemos a celebrar los primeros y a no fustigarnos con las segundas, y definitivamente habrán asuntos que podrán esperar pero nuestra salud no es uno de ellos.

Sea como sea, la música puede ser nuestra aliada pero somos nosotros mismos quienes debemos tener muy presente nuestra situación personal y pensar en lo mejor para nuestro bienestar porque ¿si no lo hacemos nosotros quién lo va a hacer?

El abogado y el temor escénico: una perspectiva psicológica (I)

El abogado y el temor escénico: una perspectiva psicológica (I)

Miguel Fernández Galán
Investigador del ISMA-MHILP

El miedo es natural en el prudente, y el saberlo vencer es ser valiente.

Alonso de Ercilla y Zúñiga

La comunicación con nuestros semejantes resulta una cualidad inseparable de nuestra naturaleza como seres sociales. Todos dependemos de dicha capacidad para vivir en sociedad, seamos extrovertidos o introvertidos, afables o huraños, gocemos de mayor dominio de las habilidades sociales o, en su defecto, carezcamos de dicha experticia en el ámbito social. No obstante, con independencia de todo lo anterior, existe un escenario que a todos los seres humanos nos genera cierto temor, siendo este el característico de actuar o hablar en público.

Numerosas profesiones asociadas tradicionalmente con la comunicación oral o el desempeño artístico han requerido de la capacidad de los ponentes o artistas para sobrellevar dicha difícil situación con la mayor eficacia posible. Tal es el caso de los músicos, profesores, bailarines, actores, políticos, conferenciantes, divulgadores y, por supuesto, de los abogados en situación de juicio.

Cabe señalar que, tal y como nos indica el autor Óscar F. León en su artículo “El abogado ante el temor escénico en juicio” (2016), todos los juristas durante sus primeras intervenciones han sufrido del denominado temor escénico, dándose esta intensa vivencia incluso tras años de experiencia forense. No obstante, el abogado experimentado puede recurrir mentalmente a situaciones previas de éxito con el fin de rebajar la amenaza percibida de la situación presente, permitiéndole dicha estrategia de afrontamiento equilibrar la respuesta psicofísica que su organismo está procesando. A raíz de este hecho podemos dirimir que el miedo escénico es una reacción intrínseca al acto de hablar en público con independencia del grado de experiencia del orador, si bien este se puede modular y gestionar eficazmente acudiendo a diversas estrategias como la descrita previamente, con el fin de realizar adecuadamente nuestra labor como profesionales.

Respecto a esto último, podemos considerar dicho temor escénico como una reacción positiva en cierta medida, puesto que un estrés gestionado de manera efectiva es necesario para que el orador mantenga el grado de tensión requerido para actuar de un modo acorde a la dificultad de la situación que confronta, pues en caso contrario, el exceso de confianza podría volverse en contra del abogado ingenuo que considere que no puede equivocarse ante el auditorio o que el asunto es, como quien dice, “pan comido” (F. León, 2016). Ya lo decía Mark Twain: “Hay dos tipos de oradores, los que están nerviosos y los que son mentirosos”.

En definitiva, sentir miedo escénico es indicativo de que somos responsables y estamos pendientes de la resolución adecuada de nuestra labor, no sólo por nosotros mismos, sino por consideración al público al que apelamos con nuestro discurso. Lo esencial es aprender a regular dicho temor con el fin de lograr mantenerlo dentro de unos límites razonables. En consecuencia, el temor escénico bien gestionado podríamos pasar a considerarlo como “emoción oratoria”, cierto estado de temor y nerviosismo que precede a todas las intervenciones orales y que nos prepara para acometer nuestra tarea con profesionalidad y un desempeño apropiado a las expectativas (F. León, 2016).

A lo largo del presente artículo revisaremos el concepto del temor escénico del abogado en juicio desde una perspectiva psicológica, entendiendo en qué consiste y a qué causas se debe.

1. CONCEPTO

El manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales DSM-5 define al temor escénico como una fobia social específica en la que el individuo sufre de todos los síntomas propios de una fobia social, circunscritos exclusivamente a la situación de hablar o actuar en público.

Este temor se concretaría en una ansiedad intensa relativa a dicha situación por encontrarse expuesto al posible examen por parte de otras personas y ante la posibilidad de actuar de cierta manera o de mostrar síntomas de ansiedad que se valoren negativamente desde el público, provocando el rechazo de este. Como consecuencia de dicho temor, la situación de exposición en público se evita o resiste con miedo o ansiedad intensa, siendo estos desproporcionados a la amenaza real planteada por la situación social y al contexto sociocultural en el que se realiza dicha exposición.

2.SÍNTOMAS Y COMPONENTES

Asimismo, podemos dividir los componentes del temor escénico en tres planos diferenciados: fisiológico, cognitivo y afectivo, los cuales tendrán una influencia directa sobre el desempeño en la defensa del alegato.

A nivel fisiológico los síntomas incluyen frecuencia cardíaca elevada, respiración desajustada, sensación de ahogo o dificultad para respirar, transpiración excesiva, sudor en las palmas de las manos, boca seca, enrojecimiento facial, temblor en la voz, brazos y piernas, mareos, náuseas, dolor de cabeza, etc. (Govinda & Jangir, 2018).

Desde un plano cognitivo la persona puede sufrir de dispersión, confusión, dificultad para atender, concentrarse y recordar (Mató, 2018, citado por Mora y Saritama, 2019). Asimismo, de acuerdo con el autor Óscar F. León (2016), puede sufrir de la presencia de pensamientos negativos tales como:— No me van a entender.

— No estoy preparado.
— Se van a reír de mí.
— No tengo nada importante que decir.
— Es mejor que no me arriesgue.
— Se me va a olvidar todo.
— Debería irme de aquí inmediatamente.

En el aspecto afectivo el abogado que sufra de este temor puede sentir pánico, ansiedad, vulnerabilidad, incapacidad, impotencia, etc.

3.CAUSAS

Respecto a las causas encontramos diversas razones. De acuerdo a las autoras Govinda y Jangir (2018) este temor escénico se basa en las siguientes causas: “excesiva autoconciencia frente a grupos, temor a enfrentar audiencias, nerviosismo y temor a las respuestas inesperadas del público, miedo a la  evaluación o a la crítica, fracasos previos, preparación insuficiente, narcisismo (en cuanto que centra la atención en uno mismo de manera desproporcionada), insatisfacción con las propias habilidades, la imagen del propio cuerpo y de sus movimientos, hiperventilación, perfeccionismo así como temor a la humillación o a quedarse en blanco.”

Atendiendo a las causas neuropsicológicas, nos enfocaremos principalmente en la existencia de la amígdala, centro nervioso situado en el sistema límbico especializado en la detección de posibles amenazas que pongan en riesgo al organismo. Una vez detectado el peligro, la amígdala interviene motivando la activación del sistema nervioso simpático, dirigiendo nuestra atención a la amenaza percibida (sea esta real o no) y desencadenando todos los procesos fisiológicos previamente descritos. Cabe aclarar que todas estas reacciones son necesarias para poder responder adecuadamente ante una amenaza inminente, preparándonos para actuar. El problema, como podemos deducir, se da cuando sufrimos estos cambios fisiológicos ante situaciones cuyo riesgo sólo existe en nuestra percepción distorsionada de las mismas. Sin embargo, tras unos primeros momentos de tensión, tarde o temprano el córtex prefrontal procesará la situación como no amenazante por lo que propiciará la activación del sistema parasimpático, inhibiendo las respuestas del sistema simpático y permitiéndonos gestionar nuestras emociones guiando nuestra respuesta de manera adecuada al contexto percibido como no amenazante (Goleman, 2015, citado por F. León, 2016).

El córtex prefrontal, situado en el neocórtex, gestiona numerosos procesos cognitivos tales como la atención, la toma de decisiones, la acción voluntaria, el razonamiento y la flexibilidad de respuesta. En consecuencia, la modulación del nivel de amenaza de la situación y la apropiada activación del sistema nervioso parasimpático sí se encuentra bajo nuestro control, y es aquí donde las técnicas psicológicas de afrontamiento intervienen, propiciando una gestión autónoma y eficaz del grado de amenaza real de los eventos y nuestra aproximación ante estos. No obstante, en ocasiones procedemos a ejercer una gestión deficiente de la percepción de la situación desde el neocórtex y se produce el denominado “secuestro amigdalar”, durante el cual la memoria deja de funcionar con normalidad, somos incapaces de aprender y no podemos  innovar ni ser flexibles, activándose la clásica respuesta de lucha, huida o paralización, mientras el cuerpo sufre una descarga de hormonas del estrés, sobre todo cortisol y adrenalina, produciéndose los síntomas físicos de alto ritmo cardiaco, sudoración, boca seca, temblor, etc. (Goleman, 2015, citado por F. León, 2016).

4.CONCLUSIÓN Y NUEVAS PERSPECTIVAS

En síntesis, el temor escénico se genera ante la activación desmesurada del sistema simpático, al sufrir del denominado secuestro amigdalar como consecuencia de una insuficiente gestión del córtex prefrontal frente a la percepción de la amenaza real que implica el acto de hablar en público.

Con el objetivo de aplicar una solución real a dicho temor escénico, es necesario conocerlo en profundidad desde una perspectiva científica y a partir de ahí aprender a aplicar diversas técnicas de modificación de conducta que favorecerán no sólo la adecuada activación del sistema parasimpático cuando más lo necesitemos, sino que propiciarán a su vez el incremento de nuestra autoestima y seguridad a la hora de abordar la retadora labor de comunicarnos ante un auditorio.

En el próximo artículo profundizaremos en lo que la Psicología puede ofrecernos al respecto de dichas soluciones a la par que recurriremos a la voz de la experiencia de aquellos profesionales que, como Óscar F. León, puedan ofrecernos soluciones basadas en su experiencia profesional.

Referencias

Asociación Americana de Psiquiatría, Guía de consulta de los criterios diagnósticos del DSM 5. Arlington, VA, Asociación Americana de Psiquiatría, 2013.

Jangir, S. K., & Govinda, R. B. (2018). Efficacy of behaviour modification techniques to reduce stage fright: A study. Indian Journal of Positive Psychology, 9(1), 126-129.

León, O. F. (2016). El abogado ante el temor escénico en juicio. Diario La Ley, (8888), 1.

Mora, I. V., & Saritama, E. Q. (2019). Miedo escénico y la superación psicológica en estudiantes universitarios. Psicología Unemi, 2(4), 39-49.

 

Cuando la empatía nos hiere: traumatización vicaria en la abogacía

Cuando la empatía nos hiere: traumatización vicaria en la abogacía

Miguel Fernández Galán

Investigador del ISMA-MHILP

Resulta habitual considerar que aquellas profesiones especializadas en la atención, ayuda o asesoramiento directo a personas que sufren problemas de diversa índole suelen conllevar un gasto emocional y personal considerable, esfuerzo psicológico que no pasa desapercibido por quien brinda la ayuda. Ejemplos clásicos que se nos pueden venir a la mente de profesiones susceptibles de sufrir dicho desgaste son las enfermeras, médicos, trabajadores sociales, psicoterapeutas, policías, bomberos…

Sin embargo, no debemos olvidar que existe un colectivo igualmente susceptible de sufrir tanto o más el contacto directo e intenso con los problemas de sus clientes: los abogados, especialmente aquellos dedicados al servicio legal relativo al derecho penal y familiar.

Dicho desgaste persistente en el tiempo se acaba manifestando en el trastorno denominado trauma vicario, también conocido como desgaste por empatía, fatiga por compasión o estrés traumático secundario. En palabras de Figley (1995, citado en Acinas, 2012): “es la consecuencia natural, predecible, tratable y prevenible de trabajar con personas que sufren; es el residuo emocional resultante de la exposición al trabajo con aquellos que sufren las consecuencias de eventos traumáticos”.

El trabajo de un profesional del derecho no radica exclusivamente en asesorar a sus clientes en el aspecto legal. El contacto directo con los traumas de sus clientes expresados tanto en problemas legales como dentro de la relación con el jurista implica la posibilidad a largo plazo de desarrollar este trastorno caracterizado por tres grupos de síntomas (Acinas, 2012):

  • Reexperimentación: pensamientos intrusivos relacionados con las circunstancias traumáticas del cliente, así como sentimientos de falta de capacidad para asistirlo profesionalmente.
  • Evitación y embotamiento mental: evasión de todo aquello relacionado con la problemática del usuario tanto dentro como fuera del trabajo, así como falta acusada y crónica de energía y concentración.
  • Hiperactivación: aumento de la frustración, la ansiedad y la impulsividad.

La consecuencia directa más preeminente de este trastorno es fácilmente perceptible y puede variar entre dos polos: la sobreimplicación e identificación con la problemática del cliente, llevándose a un terreno personal las experiencias traumáticas de este y su posible resolución, o por el contrario la frialdad emocional, desinterés o falta de compromiso con el conflicto legal a resolver (Fischman, 2008). Ambas posibilidades son igualmente perniciosas no sólo para el bienestar psicológico del abogado en cuestión, si no también respecto a la calidad del servicio brindado, augurando un muy posible fracaso en el resultado final. Por otro lado, la presencia de un trauma vicario desatendido puede recaer en estrategias de afrontamiento inadecuadas, como el alcoholismo o la automedicación.

Podemos entender, por tanto, que la posibilidad de contraer este trauma vicario no es asunto baladí. No obstante, tradicionalmente esta secuela del trabajo continuado con personas que sufren no ha sido observada ni estudiada en el sector legal hasta hace muy poco en el mundo anglosajón (Levin y Greisberg, 2003), siendo prácticamente inexistente su consideración hasta la fecha en el paradigma del derecho español.

Un ejemplo de investigación científica respecto al tópico en cuestión nos lo ofrecen los investigadores Levin y Greisberg (2003), quienes realizaron una encuesta con el objetivo de cuantificar el grado de trauma vicario y de burn-out (síndrome de estar quemado) a tres colectivos conformados por proveedores de salud mental, trabajadores sociales y abogados especializados en el trabajo con víctimas de violencia doméstica y acusados criminales. Los resultados mostraron que los juristas encuestados sufrían de niveles significativamente mayores de estrés traumático secundario y burn-out en comparación con los profesionales de los otros dos colectivos, debiéndose esto principalmente a la mayor carga de trabajo con clientes traumatizados y por tanto a la intensidad de la exposición a traumas ajenos. A este efecto principal se le añadía la ausencia de supervisión respecto al afrontamiento de dicha problemática.

Cabe aclarar que no necesariamente todo abogado expuesto a las situaciones traumáticas de sus clientes sufrirá de este mal (Acinas, 2012). Respecto a la posibilidad de contraerlo influyen numerosas variables tales como la carga de trabajo, historia traumática previa, variables de personalidad (niveles altos de empatía, autoexigencia, altruismo e idealismo), trabajo con conflictos relativos a niños, el esquema cognitivo y de valores del profesional… (Acinas, 2012).

Atendiendo a la prevención del trauma vicario, autores como Kerney y Benito & cols. (2009 y 2010, citados en Acinas 2012) proponen las siguientes medidas:

  • “Carga de trabajo sostenible.
  • Formación en habilidades de comunicación.
  • Actividades de formación continuada.
  • Reconocimiento y recompensas adecuadas.
  • Meditación. Retiros especializados.
  • Escritura reflexiva.
  • Supervisión y tutela.
  • Desarrollo de habilidades de autoconciencia.
  • Práctica de actividades de autocuidado.
  • Uso de rituales.
  • Programas de reducción de estrés basados en Mindfulness.
  • Intervención en equipo basada en potenciar el sentido del trabajo.
  • Talleres específicos de autocuidado.”

En caso de que no fueran medidas suficientes, siempre se puede recurrir a los servicios de un psicólogo sanitario especializado en el tratamiento del desgaste por empatía, quien dirigirá sus esfuerzos a la detección de eventos que puedan disparar respuestas de estrés traumático secundario, enseñar técnicas de regulación de la activación y de afrontamiento a nivel interno y externo y en definitiva fomentar la resiliencia ante la exposición a eventos traumáticos ajenos propios del trabajo de un jurista.

Podemos concluir que los profesionales del sector legal no están exentos de sufrir secuelas ante el contacto directo y constante con aquellos que sufren. La profesión del abogado es eminentemente humanista (1) y este debe estar prevenido y preparado ante las posibles consecuencias de brindar un servicio de calidad a sus clientes víctimas de experiencias traumáticas.

Al fin y al cabo, tal y como señaló el psiquiatra austríaco Viktor Frankl, autor de la logoterapia: “quien da luz debe soportar las quemaduras”. (2)

Notas a pies de página

  1. A colación de esta idea, recomiendo la lectura del artículo publicado en Actualidad Jurídica Aranzadi por el abogado Óscar Fernández León: “El abogado del siglo XXI o el abogado humanista”, disponible en http://www.legaltoday.com/gestion-del-despacho/estrategia/articulos/el-abogado-del-siglo-xxi-o-el-abogado-humanista
  2. Esta interesante máxima de Viktor Frankl la hallé citada en el artículo previamente referenciado de la psicóloga Mª Patricia Acinas

Bibliografía

  • P. Levin, A. y Greisberg, S. (2003). Vicarious trauma in Attorneys. Pace Law Review, 24 (11), 245-252.
  • Fischman, Y. (2008). Secondary trauma in the legal professions, a legal perspective. Torture, 18 (2), 107-115.
  • Acinas, M.P. (2012). Burn-out y desgaste por empatía en profesionales de cuidados paliativos. Revista digital de Medicina Psicosomática y Psicoterapia, 2 (4), 1-22.