Mucha calle por recorrer

Mucha calle por recorrer

Lluc Pol Bonnín

Colaborador del ISMA

Mucha calle que recorrer

Áspera superficie la de la calle,

alma de cemento,

pisoteada todos los días aguanta,

callada, firme y magnifica el sufrimiento.

Sus rincones cuentan la historia de los demás,

sus desagües orientan el agua que ella nunca beberá.

Y, aun así, cada mañana, cada tarde, cada noche

por y para nosotros allí está.

Ella sólo cuando llueve llora,

no deja que la vean mojar las parcelas de sus mejillas,

no da pie a que le puedan preguntar ¿por qué lloras calle mía?

Si yo, sin querer, un día de tormenta la oigo estremecer,

si un día mojada me mira,

me quitaré los zapatos para no pisotearla más,

me agacharé y le diré:

¡gracias!

Gracias por guiar mi vida.

Un día larguísimo de hace cinco años, salieron estos versos de mi cabeza para poner palabras a una situación de máxima frustración profesional, tras cuatro años de rutinas maratonianas autoimpuestas, perdí muchísimo peso, acumulé cansancio y ansiedad, sentía que no era suficiente el esfuerzo realizado, que nunca era suficiente, que la competencia era feroz, que había que esforzarse más y más. El fin del esfuerzo no era ya la satisfacción, sino el mantenimiento de una posición que consideraba mínima e inmodificable. La distorsión cognitiva conseguía que los resultados académicos o los mensajes de enhorabuena del profesorado no representaran siquiera un aliciente, a penas pisaba la calle, era demasiado y tuve que frenar.

A pesar de la situación de tensión descrita -una de tantas situaciones de malestar emocional que viven muchos compañeros y compañeras de profesión- me di cuenta, hace ya bastantes años, de que me apasiona el derecho. Si tuviera que destacar uno de los motivos, seguramente me quedaría con la capacidad de racionalización que aporta, la posibilidad de definir una situación y otorgarle una regulación, de encauzar en un camino la realidad.

Hace tan sólo cuatro años que terminé el grado en derecho y, por tanto, asumo que habrá todavía muchas situaciones que se me escapan. Sin embargo, otras puedo verlas con claridad. Y pienso que quién conozca y aprecie el sector sabrá que hay mucha calle que recorrer

Así que, no quisiera terminar esta reflexión sin apuntar algunas cuestiones que están trazando una nueva forma de entender las profesiones de nuestro sector y que, estoy convencido, jugarán un papel esencial a la hora de mejorar el entorno profesional:

– Trabajar en el sector jurídico no significa no tener vida. Hay que analizar la forma en que trabajamos y preguntarnos: ¿es la más eficiente? ¿Cómo puedo mejorarla? Tenemos o deberíamos permitirnos tener jornadas máximas, descansos y mayores facilidades para conciliar la vida profesional y la vida personal o familiar.

Además, hay que reflexionar de forma muy especial sobre lo que estamos permitiendo en el mercado de trabajo de los profesionales recién graduados, la práctica de ofertar empleos sin retribución no se puede sostener más. No son mano de obra gratis, ni son competencia, son compañeros y compañeras que pueden aportar muchísimo y necesitan confianza para desarrollarse profesionalmente.

– La forma de transmitir el conocimiento ha cambiado: Ser más cercanos, prácticos y comprensibles no significa perder el rigor por el camino, más al contrario demuestra capacidad para hacer sencillo lo complejo y no sólo me refiero a potenciales clientes, sino también a cómo entender nuestra formación.

– La transformación digital será una necesidad: la tecnología puede producir vértigo en un primer contacto, pero hay que afianzar la amistad con ella en todo aquello que tenga sentido. Para mí nunca ha sido un fin, sino una herramienta y ahora su utilidad está fuera de toda duda. Sólo por citar algunas virtudes, permite: la optimización de tareas, aumentar la satisfacción del cliente, controlar la producción y el análisis de la información, flexibilizar la forma de trabajar, etc.

– El bienestar en la profesión es esencial: es una cuestión de primera necesidad. Si yo hubiera tenido la posibilidad de compartir con otros profesionales cómo me sentía al finalizar el grado lo hubiera hecho, creo que es esencial concienciar sobre las consecuencias de una mala gestión del bienestar profesional o estudiantil.

No cabe duda de que la labor de ISMA es mucho más ambiciosa, pero para mí la posibilidad de exigir a nuestras universidades, empresas y entornos profesionales que respeten unos estándares mínimos de bienestar, sería ya un triunfo sin precedentes. A mis ojos sería como una suerte de consumo responsable del mercado de trabajo, quiero ir al que tenga las mejores condiciones a todos los niveles. En relación con ello, la semana pasada leía sobre un proyecto de negocio de una antigua compañera de grado, basado en la valoración anónima de la reputación laboral y que tiene por eslogan: “Si la empresa cuida de sus trabajadores, ellos cuidarán de sus clientes” creo que ese es el camino a seguir.

– Los profesionales del sector jurídico no debemos ser necesariamente personas con semblante serio, que se presenten siempre “bien planchadas” y mantengan una distinción a la hora de vestir o de actuar: La confianza y la profesionalidad deben mantenerse intactas, faltaría más, y, evidentemente, hay cierto punto de control sobre ese aspecto (a nadie se le debería ocurrir ir en chanclas y bañador a una reunión) pero eso no requiere formalismos excesivos como, por ejemplo, elegir el tipo y color de la prenda. Este tipo de prácticas, en mi opinión, coartan la libertad del personal y agrandan la distancia entre cliente y profesional.

 – El derecho puede contribuir a la transformación social: Son muchos los sectores que requieren compensar la “pata jurídica” de la mesa, a veces la formación jurídica puede ser una herramienta necesaria para desarrollar proyectos que no son jurídicos. En ellos habrá que perder el miedo a colaborar con otras profesiones, un equipo multidisciplinar es un entorno fantástico para aprender.

En definitiva, hay mucho por hacer, a todas horas están brotando iniciativas y proyectos con potencial para mejorar el statu quo profesional de quienes que por suerte nos dedicamos, sea de la forma que sea, al derecho. Sin duda ISMA es una de esas iniciativas en las que uno se siente orgulloso de poder colaborar.

Parte I: Superar el miedo al cambio; el primer paso para la (r)evolución.

Parte I: Superar el miedo al cambio; el primer paso para la (r)evolución.

Emiliano Cánovas

Colaborador del ISMA

“Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”

Eduardo Galeano

Éste es el primero de una serie de artículos en los que se analizará la situación de la abogacía española desde una perspectiva personal. En este primero, se trata de ofrecer una visión holística del proyecto que lleva a cabo la Asociación.

***

Si uno pudiese analizar con detalle la historia personal de aquellos que han impulsado un gran cambio, bien sea social, político, cultural o de cualquier tipo, necesariamente percibiría que, en ninguna circunstancia, se vieron intimidados o amedrentados por el miedo.

Para ilustrar la anterior afirmación, me gustaría dedicarle unas líneas a Emmeline Pankhurst, activista política británica y líder del movimiento sufragista, que fundó en 1903 la Unión Social y Política de las Mujeres (Women’s Social and Political Union) y fue motor principal para conseguir el derecho al voto femenino en el siglo XX.

Nacida en una familia humilde y en un entorno socioeconómico delicado, que más tarde se vería agravado por la Primera Guerra Mundial, las premisas desde las que partía Emmeline Pankhurst, no eran las más alentadoras.

No pocas fueron las ocasiones en las que las integrantes de la Unión Social y Política de las Mujeres (incluida Emmeline Pankhurst) fueron encarceladas en condiciones deleznables; y a pesar de ello, nunca cesaron en su empeño de conseguir el sufragio femenino.

La idea que subyace de este breve viaje por la historia es que el miedo no ha de ser un paralizador del cambio.

El ejercicio de la abogacía, en su acepción más amplia, conlleva una enorme responsabilidad y un estrés que, de no ser gestionado correctamente, puede derivar en problemas de salud (tanto físicos, como mentales).

Es por ello por lo que tenemos que aunar fuerzas entre todos los integrantes de este colectivo (y en mi humilde opinión, de la sociedad) para luchar por conseguir medidas que promuevan la conciliación laboral y familiar, así como medidas que promuevan la salud física y mental de los profesionales y estudiantes del derecho.

La primera vez que leí sobre la Asociación de la que formo parte (en una ínfima proporción) fue en el artículo publicado por Pedro del Rosal ¿Contratarían los bufetes a un abogado que, en la entrevista, revela un trastorno mental?.

Ese mismo día, minutos después de leer el artículo, escribí a Manel Atserias, presidente y fundador de la Asociación, pero por encima de todo, una persona de gran corazón y con una visión y una misión muy claras de lo que quiere cambiar y por qué.

Apenas un intercambio de opiniones me bastó para entender que gente como Manel es absolutamente imprescindible para llevar a cabo una labor tan encomiable y necesaria como la que promueve el Instituto de Salud Mental de la Abogacía.

No se trata de buscar soluciones cortoplacistas, ni de ponerse únicamente del lado de los trabajadores (ya que, en este caso concreto, no hay lado sobre el que posicionarse, sino que simplemente se trata de buscar el mayor beneficio común).

De lo que se trata es de encontrar un equilibrio entre las obligaciones y los derechos que favorezca a la relación entre empleados y empleadores y a su vez, se consigan fomentar hábitos saludables que prolonguen y mejoren las relaciones laborales y personales.

Son muchos los compañeros y compañeras que se han acercado a mí para conocer con mayor detalle las propuestas y los servicios que se promueven desde la Asociación y el sentir general es, que hay un margen de mejora muy amplio.

Si bien es cierto que hay parte del sector jurídico que ya está llevando a cabo iniciativas y campañas de sensibilización en aspectos de salud de los empleados y de realización en el puesto de trabajo, no menos cierto es que no son la mayoría.

Cierto es que se están realizando colaboraciones con diferentes ONGs, haciendo campañas de recogidas de alimentos, promoviendo jornadas intensivas, así como dando la posibilidad de trabajar desde casa, aprovechando los increíbles avances tecnológicos con los que estamos creciendo como sociedad y como impulsores económicos.

Pero no debemos caer en la falsa premisa de que ya llevamos mucho camino recorrido, ya que, como comentaba, el margen de mejora es todavía muy amplio y las políticas de sensibilización en temas de salud (tanto mental, como física) aún distan mucho de otros países como Reino Unido o Estados Unidos.

Sam Cooke compuso (y brillantemente cantó) un himno al cambio titulado “A change is gonna come” y estoy convencido de que con el esfuerzo y la pasión con el que se está trabajando desde la Asociación, tarde o temprano ese cambio llegará al sector jurídico.

La melodía del bienestar

La melodía del bienestar

Verónica Pedrón Pardo

Colaboradora del ISMA

La vida sin música sería un error. ¡Qué razón tenía Friedrich Nietzsche al proclamar estas palabras al mundo!

Desde muy pequeñita supe que quería ser músico, quizá por las diversas melodías que a diario podemos escuchar en nuestra vida cotidiana, quizá por mi madre quien siempre cantaba y bailaba conmigo o quizá por los genes musicales de mis antepasados, aunque en aquel momento no conociese esa historia.

Lo cierto es que el motivo no importa, lo importante es cómo la música me ha ayudado y me ayuda a diario en mi bienestar personal, sobre todo en los momentos más complicados.

Todos sabemos, y los que no os lo podéis imaginar, que la vida del jurista o abogado no es fácil. Tener que lidiar con los problemas de otras personas, buscar soluciones, intentar que salga todo bien o, al menos, lo mejor posible son algunas de las acciones que cada día tenemos que llevar a cabo. Pero, ¿de qué manera puede ayudarnos la música a lidiar con nuestros estados de ánimo en este trabajo?

Pues bien, para poder explicarlo mejor nos introduciremos, como protagonistas, en la vida de un abogado que tenía la música como vía de escape a sus largos días de trabajo y estrés (coge tus auriculares que empezamos).

Suena el despertador, comienza un nuevo día, te levantas con energía y ganas de comerte el mundo. Conectas tu teléfono y pones la canción más motivadora que se te ocurra, mambo number 5 puede ser una buena opción. Sabes que el día puede llegar a ser muy duro pero, con toda la ilusión que tienes y esa melodía sonando de fondo, estás dispuesto a afrontar, con una sonrisa en la cara, todo lo que se presente.

Llegas al despacho donde te esperan montones de tareas por hacer diciendo welcome to the jungle. Pero no hay que desesperarse, el día acaba de empezar y nada puede desanimarte.

Te pones manos a la obra y comienzas a redactar un escrito, demanda, condiciones legales o cualquier otro documento que tengas pendiente. Te das cuenta de que es más denso y complicado de lo que pensabas y tu ánimo decae. Pasan minutos, horas y sigues delante del escrito avanzando de forma más lenta de lo esperado. Es entonces cuando te preocupas y agobias y en tu mente empiezan a surgir pensamientos negativos como “no voy a terminarlo nunca” pero te paras a pensarlo mejor e inmediatamente llega a tu cabeza una melodía: don´t worry be happy. Sonríes y tu ánimo empieza a cambiar mientras cantas la letra de principio a fin.

Miras el reloj, con el colapso del escrito has perdido demasiado tiempo y, aunque todavía queda algo de margen para llegar al juicio que tenías programado desde hace un año, sales a toda prisa del despacho para no llegar tarde. Tu mente está concentrada, has preparado al máximo el caso y te ves capacitado para triunfar. Y, mientras te diriges hacia los juzgados de turno, te repites a ti mismo una y otra vez: ¡voy a vencer! Como si fueras Pavarotti en plena interpretación del nessun dorma de Puccini.

Termina el juicio y, dependiendo del día, tus sensaciones pueden ser de varios tipos. Puedes salir del juzgado con sensaciones malas, sintiéndote triste y decepcionado porque crees que el trabajo realizado no ha servido para nada y que, lamentablemente, el juez fallará a favor de la parte contraria. Piensas en qué dirá tu cliente cuando le cuentes lo ocurrido y la presión empieza a aumentar.

O por el contrario, puedes salir con sensaciones buenas e irradiando felicidad. Has hecho un muy buen trabajo, has sabido plasmarlo en sala y has sobrevivido, cual Gloria Gaynor, a los ataques del contrario. Confías más en ti y te ves capaz de conseguir cualquier cosa que te propongas.

Llega la hora de comer, necesitas desconectar, tomarte un respiro y aprovechar, aunque sea unos minutos, para recuperar fuerzas y poder afrontar la tarde que queda por delante. Tienes dos visitas programadas y no podrás avanzar demasiado con el trabajo pendiente por lo que ahora más que nunca necesitas motivación. Buscas en tu lista de reproducción preferida la canción adecuada y sí, ahí está Eye Of The Tiger para poder levantarte y animarte a continuar esta batalla.

Llega el primer cliente, ha leído por internet que su caso es muy sencillo y tiene múltiples sugerencias que hacer y cómo no, también soluciones que tú debes ejecutar por él. Comienza a darte lecciones de derecho muy acertadas o al menos eso le ha dicho Google, mientras que tu frustración y enfado, por no dejarte ejercer tu profesión con independencia y bajo tu criterio personal, van en aumento. Intentas poner buena cara y le expones al cliente tus opiniones al respecto, al fin y al cabo eres tú el que ha estudiado derecho, aunque parece que no le interesa demasiado lo que tienes que contar. Consigues que la reunión termine de la manera más pacífica posible pero el mal sabor de boca tardará en irse. El “escándalo” de Raphael se queda corto con una situación como ésta.

Llega el segundo cliente, acudió hace unos meses a tu despacho en busca de ayuda y tienes buenas noticias para darle, has conseguido que la sentencia sea favorable y estás feliz de poder transmitirle tu éxito. Tu motivación está en un punto tan alto que quieres subirte a la mesa y bailar “Ante up” para celebrarlo .

Y por fín llega la hora de salir del despacho. Llegas a casa agotado, sin apetito, con ganas de meterte en la cama y que el día finalice pero tu cabeza sigue en el despacho, en los casos que tienes, en los escritos pendientes, en las tareas que al día siguiente debes terminar… y parece que será casi imposible conciliar el sueño esta noche. Pero, ¡no puedes permitirlo! ¡No puedes dejar que las circunstancias te anulen y bloqueen! Y, de igual forma que iniciaste el día, vuelves de nuevo a coger tu teléfono pero esta vez para buscar la canción más relajante posible, “el oboe de Gabriel”, y la dejas reproduciendo en bucle hasta que terminas envuelto en un profundo y placentero sueño.

Y como veis, hemos sobrevivido a un largo y duro día de trabajo como abogados. La música nos ha ayudado a calmar la ira, a aumentar nuestra motivación, a afianzar nuestra felicidad y a mitigar los estragos que la frustración y el enfado dejan a su paso. Quizá ésta pueda parecer tu historia o quizá no supieras hasta ahora que la música pudiese beneficiar tanto a una persona en su ámbito laboral.

En mi caso, la música me ayuda desde hace años a modular las emociones y cambios de humor que las circunstancias que nos rodean hacen aflorar. Y, aunque acudir a los juzgados no esté entre mis tareas, me ayuda a poder llevar de la mejor manera posible la montaña rusa de esta profesión tan estresante y a focalizar mis esfuerzos y conocimientos en aquello que realmente merece la pena.

Debemos tener siempre presente que nuestro trabajo, sea cual sea, no puede acabar con nosotros. No somos robots sino personas y como tal debemos tener momentos para descansar, para desconectar de todo, para vivir y para ser felices.

El escrito o demanda acabará por terminarse, tendremos mil y una reuniones, los éxitos y las derrotas estarán presentes a lo largo de nuestra vida y poco a poco aprenderemos a celebrar los primeros y a no fustigarnos con las segundas, y definitivamente habrán asuntos que podrán esperar pero nuestra salud no es uno de ellos.

Sea como sea, la música puede ser nuestra aliada pero somos nosotros mismos quienes debemos tener muy presente nuestra situación personal y pensar en lo mejor para nuestro bienestar porque ¿si no lo hacemos nosotros quién lo va a hacer?

He terminado Derecho, ¿y ahora qué?

He terminado Derecho, ¿y ahora qué?

Felipe Herrera Herrera

Colaborador del ISMA

“El éxito no está en vencer siempre sino en no desanimarse nunca”

Napoleón Bonaparte

No siempre podemos ser positivos, pensaba hace un tiempo atrás, y menos cuando te acabas de graduar en Derecho y por distintos factores de la vida (ya hablaremos de ello en otra entrega) no consigues acceder al Máster de Acceso a la Abogacía.

Si a ello le sumas estar a disgusto trabajando de noche en hostelería, por las mañanas y tardes cargando y montando muebles en casas de personas que se creen de la aristocracia y una mochila a tus espaldas de problemas familiares, creo que a la mayoría de vosotros, queridos lectores, la situación os haría sentir un poco frustrados o al menos bastante cansados y agobiados.

En este punto es cuando empiezas a pensar qué es la frustración y te das cuenta de que no tienes ni idea, no sabes lo mal que te puedes llegar a sentir y mucho menos cómo combatirla.

De hecho, en la universidad siempre te reforzaban positivamente al obtener la mejor calificación y se empeñaban en diseñar un arquetipo de abogado perfecto, en nuestras cabezas, que está muy lejos de la realidad. Afirmación de la que te cercioras cuando te introduces de lleno en el sector jurídico.

Objetivamente en la universidad nadie te enseña a levantarte después de un fracaso; pero no nos despistemos con los innumerables cambios que podríamos hacer en el sistema educativo y volvamos a aquel entonces con 23 años y un grado en Derecho que no servía para nada.

¡En ese entorno fue donde colapsé! En concreto después de encadenar varios días de trabajo casi sin dormir, comiendo poco y abusando un poco de las bebidas energéticas. Muy mala combinación, como es evidente.

El colapso fue casi literal, ya que me sentía totalmente agotado y desanimado. Me vi en parte reflejado en la imagen que dio la vuelta al mundo de los empleados de Lehman Brothers que, durante su quiebra, abandonaban su sede con cajas de cartón (que contenían sus objetos personales) y un rostro lleno de tristeza y resignación.

Tanto es así que decidí, después de sollozar como un niño que había perdido su muñeco, recluirme a pensar en la situación cerrando ventanas, cortinas y puertas y bebiendo y comiendo lo imprescindible. Tristeza y culpabilidad, que casi representaba “El asceta” de Pablo Picasso, de su época azul, pero en la realidad.

Hasta que en un momento de inspiración decidí llamar a un amigo (psicólogo) que me recordó unas cuantas cosas que mi ego se había encargado de borrar:

– Hay que sonreír y reírse a diario. 

– Hay que aceptar lo que somos y las situaciones en las que vivimos.

– Hay que amarse a uno mismo, ya que somos únicos. La vida es solo una y no hay que desperdiciarla.

– Hay que saber en todo momento dónde estamos y hacia dónde queremos ir. Sencillo, hay que tener objetivos en la vida.

Cual Aristóteles y su “El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona”, lo cuestioné absolutamente todo y pasé por una fase de introspección donde aprendí mucho de mí mismo y cambié el chip por completo.

Lo primero que hice fue llamar a una profesora de la facultad, que por aquel entonces coincidía en que era la directora del Máster de Acceso a la Abogacía, para ver si con algo de suerte podían aceptarme fuera de plazo. Como es evidente no tuve tanta suerte.

Sin embargo, gracias a esa estupenda profesora, descubrí a la universidad a distancia por antonomasia, la UOC, que a diferencia de otras universidades hace dos convocatorias en un mismo año. Por tanto, sin pensarlo un segundo, me matriculé en el Máster y allí conocí a mi amor (aunque esa es otra historia).

Lo segundo fue empezar a ir cada mañana a los distintos juzgados que tenemos aquí en Palma de Mallorca. Pasaba allí todas las horas posibles viendo juicios, hablando con los abogados y molestando a todos los profesionales que a diario se cruzan en los tribunales. De esto puedo sacar mil historias que me hicieron aprender mucho y que espero poder compartir con todos vosotros en siguientes publicaciones.

Lo tercero fue aprovechar mis escasos ahorros para hacer 500 tarjetas de visita e imprimir 1000 carteles que previamente había diseñado con los mejores cursos de diseño y marketing que encontré en Youtube. Tenía que comer, pagar mis gastos y facturas, en definitiva, tenía que buscarme la vida y no hay mejor forma que hacerlo con algo que te apasiona como es el Derecho.

Como dice Steve Jobs “La única manera de hacer un gran trabajo, es amar lo que haces. Si no lo has encontrado, sigue buscando. No te conformes.” Al fin y al cabo, ya era jurista, había cursado un Grado que lo avala y estaba cursando el Máster. Aún no podía ir a juicio, pero sí podía ayudar a muchas personas con sus problemas.

Lo siguiente que hice estaba directamente relacionado con lo anterior, y fue acondicionar el salón de mi humilde casa como si fuese un despacho profesional. Por suerte estaba (y está) ubicado en el centro de la ciudad y, en consecuencia, me camuflaba entre los otros despachos que ocupan los pisos del edificio.

La táctica era mover la mesa y sofá del salón y añadirle un separador de espacios muy moderno cada vez que venía un cliente. Y como no eran pocos se convirtió en la rutina diaria. Nuevamente internet y mi curiosidad característica ayudaron a recrear mi “oficina”.

En este punto me viene a la cabeza uno de los famosos dichos de Albert Einstein, que destacaba la importancia de ser apasionadamente curioso como si de un talento se tratara. Salvando las distancias, al menos algo compartimos.

Lo último que hice fue reunirme con antiguos compañeros para desarrollar y posteriormente lanzar una iniciativa que comenzó por aquel entonces como blog y que actualmente sigue su curso como portal jurídico, de tirada nacional, donde buscamos compartir derecho y conocimiento jurídico.

Como es evidente, es necesario sembrar para el futuro y es lo que en aquel momento hacía todos los días y que, a día de hoy, sigo haciendo y me lo pondré como objetivo año tras año de mi vida.

De hecho, cuando no estaba en los juzgados y sobre todo antes de empezar a tener clientes, me dediqué literalmente a romper las suelas de mis zapatos. Y aunque pueda sonar cómico, así fue ya que me paseaba mañanas, tardes y noches, pegando carteles de mis servicios y repartiendo tarjetas en cada una de las fruterías y comercios de los distintos barrios de mi ciudad. Pero todo sea por lo que amas.

Me gustaría poder profundizar en cada punto y sobre todo contar más detalladamente cada una de las aventuras que han sucedido en estos dos años, que parecen diez. Sin embargo, prefiero cerrar el artículo con una breve reflexión.

La vida continuamente te pone a prueba y tú eres quien marca los límites y quien decide quien quieres ser. Muchas veces nos infravaloramos o caemos en estigmas generalizados como por ejemplo, que el psicólogo es para locos o que contar nuestros sentimientos nos hace parecer más débiles y vulnerables. Al final te acabas convirtiendo en el fruto de tus pensamientos.

Es momento de cambiar y aprender a ser felices, con lo bueno y con lo malo. Desde mi humilde opinión, debemos aprender a amarnos y así podremos amar a las personas y a la vida. Fracasar no es más que la clave para aprender y construir nuestro camino y objetivos. Obviamente puede ser doloroso, pero tenemos que conocernos y dejar de aparentar que todo va bien y que somos perfectos. Es sencillo, levántate cuando te caigas y si necesitas contárselo a alguien hazlo, no sientas vergüenza.

En conclusión y como dice el Dalai Lamacuando pierdas, no pierdas la lección”.

Por último, hay que hablar con el corazón: sigo enamorado de mi novia, aprobé el Máster y posteriormente el Acceso a la Abogacía y creo que mis clientes y compañeros están felices con mi trabajo, esfuerzo y dedicación.

De la duración de los procedimientos y sus contratiempos

De la duración de los procedimientos y sus contratiempos

Marina Cañadó Calderón

Colaboradora

Siguiendo dentro del marco de mi misión de trasladar al exterior la realidad de lo que sucede en el día a día de los juzgados para ver cómo puede influir en la profesión de los abogados, quisiera exponer dos cuestiones. La primera de ellas es la larga e injustificada duración de los procedimientos judiciales. La segunda es la cantidad de contratiempos que surgen en los mismos ejemplificando únicamente con los más recientes que me he encontrado.

Todo lo cual afecta, sin duda alguna, al bienestar de los abogados y abogadas puesto que añade un trabajo extra que se sale del ámbito estricto de todo jurista de limitarse a emplear lo escrito en leyes y jurisprudencia.

La larga duración de los procedimientos

Las fases de cada procedimiento están claras en la ley procesal de cada jurisdicción. Sin embargo, en el ejercicio de la realidad, los ‘timings’ no suelen cumplirse. Salvo para el abogado.

Mientras que el juzgado tiene vía libre para tomarse su tiempo en procesar cada demanda, recurso o escrito de trámite, al abogado se le dan escrupulósamente los 5, 10 o 15 días que tiene para interponer sus contestaciones o escritos de acusación y defensa so pena de inadmisión por estar fuera de tiempo.

Con el tiempo he concluido que el gran culpable es la falta de medios, salvo alguna que otra actuación negligente que se ha corregido hablando con el funcionario en cuestión, cosa que ha sumado pérdida de tiempo no remunerada por mi parte y angustia añadida no indemnizada para mi cliente. Sin embargo, aquí no hemos venido a buscar culpables, sino a contar la realidad y a que se tenga en cuenta para los que la sufrimos.

La última reforma de la LECRIM de 2015 ya intentó paliar la situación insertando la figura de la llamada Causa Compleja, pero no se ha podido llevar a la práctica por falta de medios y precisamente este año los jueces y fiscales están solicitando su derogación.

Ejemplificaciones de casos reales los encontramos en fases de investigación con pocas pruebas que duran 1 año y medio o señalamientos para juicios a más de 1 año vista.

Esto provoca dos agravios en el abogado. El primero de ellos es que el abogado tenga el expediente abierto en situación de ‘stand by’ innecesariamente durante más de un año, ocupando espacio en su disco duro informático y mental, en lugar de poderlo cerrar y resolver el caso.

El segundo agravio es que el abogado no puede dar la satisfacción deseada al cliente, puesto que éste acude al despacho en un punto emocionalmente alto, con la expectativa de llevar al culpable ante el juez y que se haga justicia sino inmediatamente, en los meses venideros. Sin embargo, se le tiene que explicar, sin que lo entienda, que no se hará justicia hasta pasados años. Esto, créanme, hay que saber hacerlo entender y no lo enseñan en la facultad.

Los contratiempos en el juzgado

Este punto tiene mucho que ver con cultivar una relación fluida con los tramitadores y gestores de las oficinas judiciales y añadir, a la labor de jurista, una labor más propia de un procurador, que en ocasiones no es obligatoria y el cliente no desea costear.

Lo entenderemos mejor con ejemplos:

Señalamientos a juicios: Tenía dos juicios a 100 km y al llegar al juzgado se había decretado la suspensión de ambos. El abogado contrario venía de 200 km. Y los clientes enfermos porque eran procedimientos de solicitud de Incapacidad Laboral Absoluta. Lo peor no fue eso. Hubo dos contratiempos más. El primero fue que el nuevo señalamiento nos lo dieron para de ahí a 8 meses, sin lugar a discusión por colapso de agenda. El segundo es que no querían dejarnos marchar hasta dos horas después para hacer el trámite de notificación de la suspensión. Ahí sí que me planté y conseguí que accediesen a notificarme vía fax y poder marcharnos todos y, por lo menos, que no fuese una mañana tan perdida.

Interposición de demandas que nunca se tramitan: Interpusimos una demanda en julio y no teníamos noticias. Lo considerábamos normal debido a que se trataba de un juzgado llamado “De Refuerzo” que da soporte a los ordinarios y va bastante colapsado, pero, pasados 6 meses instamos al juzgado y para nuestra sorpresa, resultó ser que la persona encargada del asunto se había ido de vacaciones en julio y al volver olvidó tramitar lo que había entrado en esas fechas.

Citaciones actuaciones judiciales: Declaración a las 10:30h. Todas las partes llegamos puntuales y estábamos listas para iniciar. Pues bien. La funcionaria nos pidió si podíamos disculparla unos minutos para salir a desayunar, que ese día tenía muchas declaraciones seguidas y éramos los primeros y que a partir de nuestra declaración no iba a poder parar. Mi cara fue un poema, pero se trataba de un caso por delito muy grave de mobbing con consecuencias de tentativa de suicidio con hospitalizaciones y mi clienta no estaba para que yo me pusiese en modo insistente, así que me resigné y dejé que se marchase a desayunar. Media hora después, en la cual ambas partes perdimos literalmente el tiempo en los pasillos, la funcionaria regresó y pudimos comenzar.

Extraviar documentos y decirle al cliente que la letrada no lo ha presentado Cuando los clientes llevan tiempo esperando las tramitaciones y les digo que no hay nada nuevo, les suelo dar el teléfono del juzgado para que lo comprueben ellos mismos. Pues bien, en una de estas ocasiones le dijeron a mi cliente que la culpa era mía porque faltaba presentar una copia. Menos mal que guardo todas las copias selladas de lo que presento y se lo pude demostrar, pero así fue. Eso sí, la llamada posterior al juzgado por mi parte no la olvidarán nunca. Siempre con elegancia y modales.

En fin, como siempre digo cuando escribo estos artículos, estos casos no son la mayoría, pero por desgracia son un alto porcentaje y los puedo documentar. El Consejo General del Poder Judicial tiene un buzón de quejas para que los abogados podamos exponer estas situaciones y en ocasiones ha servido, pero me consta que han sido pocas y solo para casos graves.