Techo de cristal. Romper los roles.

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Paula Fraga Arias

Cuando hablamos de techo de cristal nos referimos a las barreras u obstáculos invisibles con los que nos topamos las mujeres al prosperar en nuestras carreras profesionales hacia puestos de mayor responsabilidad. Son barreras veladas o invisibles porque, a diferencia de lo que ocurría no mucho tiempo atrás, no existen leyes ni aceptación social mayoritaria que las amparen, pero siguen vigentes y son un factor clave para el mantenimiento de la desigualdad entre hombres y mujeres.

La consecuencia y evidencia de esta situación es la ínfima representación de las mujeres en puestos de poder y cúpulas laborales, ya sean públicas o privadas. Ejemplo paradigmático es el de la Judicatura. Desde que en 1966 (barrera visible elevada a ley) se derogara la prohibición de acceso de la mujer a la Carrera Judicial y Fiscal, las mujeres se han ido incorporando paulatinamente hasta superar en número a sus compañeros. Concretamente, representan el 52,7% (1) del total de los 5.367 jueces/as y magistrados/as. A pesar de esto, las mujeres son el 43% en el Consejo General del Poder Judicial, en la Sala de Gobierno del Tribunal Supremo no hay ninguna mujer y de casi los 90 magistrados que conforman el Alto Tribunal, solo 11 son mujeres. Además, de los 17 Tribunales Superiores de Justicia que existen en nuestro territorio, solo uno está presidido por una mujer.

Esta infrarreprestación institucional tiene explicación histórica y cultural, pues obedece a la negación sistemática y simbólica de las capacidades profesionales de las mujeres, constituyendo además una manifestación de la recurrente estrategia patriarcal de invisibilización de la mujer; en este caso, en el ámbito laboral. Asimismo, podemos tratar de explicar esta situación analizando la trayectoria profesional y personal de la mujer. En el momento en que una mujer decide formar una familia, su carrera laboral se estanca mientras que los hombres, ante idéntica situación, no sufren esta consecuencia negativa. Un dato fehaciente de lo expresado es que de las 55.133 excedencias por cuidados familiares solicitadas en 2017, 49.934 fueron pedidas por mujeres, es decir el 90% (2). Esto muestra que nos siguen educando en los roles de mujer-cuidadora, hombre-proveedor. A ellos se les designan áreas de poder económico y representativo, a nosotras áreas de afectos y cuidados.

Si queremos eliminar estas construcciones sociales que tanto nos limitan, y con ello, avanzar hacia la igualdad efectiva, debemos exigir especialmente las/os que trabajamos en el sector jurídico el cumplimiento de las leyes encomendadas a tal fin. La LO 3/2007 para la igualdad efectiva de mujeres y hombres dedica todo un título al derecho al trabajo en igualdad de oportunidades que se está obviando. Han de sancionarse a las empresas que reuniendo los requisitos establecidos por ley para implementar Planes de Igualdad, no lo hacen o no obedecen a la finalidad con la que se establecieron. Estas y otras medidas legislativas ponen de manifiesto que estamos en una sociedad formalmente igualitaria pero no materialmente. Nos hemos dotado de instrumentos y la concienciación social cada vez es mayor pero no es suficiente. Además, estamos asistiendo a un cierto retroceso que se evidencia en los preocupantes datos de violencia de género o la visión que los jóvenes tienen sobre ésta y otras problemáticas relativas a la situación de la mujer. Atendiendo al ámbito laboral, tenemos que seguir hablando de conciliación, pero tanto o más importante es hablar de corresponsabilidad y coeducación. Tenemos que instar a los hombres a que asuman lo que sea necesario, a que hagan lo que sea justo y a que adquieran compromisos más allá de la palabra o el papel. Tenemos que exigir medidas de paridad, que no son cuotas ni discriminación positiva alguna, sino establecimiento de presencia equilibrada de mujeres y hombres en los puestos relevantes y representativos, en la misma medida y forma que esto sucede en nuestra realidad social. Y si los mecanismos de poder se revelan contrarios a estas medidas, han de forzarse social y legislativamente. Pero antes que todo esto, como ciudadanos y ciudadanas, debemos exigir un cambio educativo que rompa con los roles que asignan a hombres y mujeres funciones y capacidades distintas y que son la base de la discriminación y la desigualdad.

Cuando nos referimos al techo de cristal hablamos de todo esto, y se traduce en la demanda de las mujeres de lo que nos corresponde, el 50% de todo. Pero antes que nada, cuando aludimos al techo de cristal, tenemos que hablar de las muchísimas mujeres en el mundo que ni siquiera se encuentran en la posición de poder reivindicar. Por todas ellas, tenemos que seguir exigiendo.


(1) Informe del CGPJ

(2) Informe del Ministerio de Empleo y Seguridad Social

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